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domingo, 8 de abril de 2018

Promesas del mañana, recuerdos del ayer

Me di la vuelta en la cama y abrí un ojo; allí estaba ella. Completamente desnuda, veía su suave y perfecta espalda, con ese culo que tanto me gustaba acariciar y esa cabellera rubia que olía tan bien. Estaba preparando el desayuno, cocinando esas tortitas que tan bien le salían. Tarareaba suavemente, para sus adentros. Ni siquiera la escuchaba, pero estaba ladeando la cabeza al ritmo de su canción favorita; siempre que hace eso es porque está en su mundo, evadiendo la realidad y disfrutando del momento. Igual que hacía yo.

La luz se colaba en el apartamento de una forma casi mágica, aportando un aura dorada a todo aquello que se viese impregnado de los resplandores matutinos. Las penumbras iban desapareciendo y el juego de sombras iba venciendo a la oscuridad. El día se abría paso en nuestras vidas, dándonos la bienvenida y tendiéndonos la mano. Ella giró la cabeza y me vio, aún en la cama, cubriéndome de cintura para abajo con las sábanas. En sus ojos se veía que no necesitaba destaparme para saber qué había entre las telas de la cama, y una sonrisa llena de vitalidad se le escapó entre sus comisuras. Vino con paso sugerente, dejando el fuego al mínimo, y se metió en la cama conmigo. Sus pechos se rozaban contra mis pectorales, el vello de nuestras pelvis se encontraba y mis labios se posaron sobre su nariz, blanca y llena de pecas. Era delicioso.

La rodeé con mis brazos, aprisionándola contra mi torso, mientras seguíamos besándonos; a veces por las mejillas, otras por el cuello. Su respiración tranquila iba ganando intensidad, mientras mi sangre aceleraba su paso por mis venas. Cerré los ojos y dimos rienda suelta a nuestros deseos. Su olor me reconfortaba y sus caricias me excitaban. Todo marchaba bien. Todo iba sobre ruedas. La tenía a ella. Ella me tenía a mí. Resultaba imposible ser infeliz.

Me di la vuelta en la cama y abrí un ojo. Estaba todo oscuro. Entre mis brazos sólo había vacío. En mis fosas nasales sólo había mi olor. Y en el apartamento, sólo estaba yo. Ya habían pasado dos años desde que se fue, pero aquí sigue. Siempre igual. Cada mañana. Su recuerdo es lo único que puedo abrazar ahora.

Así pues, cerré los ojos y me di la vuelta en la cama.

martes, 3 de abril de 2018

El mosquito

Aquí estoy, frente al monitor. Solo.

Intentando conectar con todo el mundo acabé desconectándome de mí mismo. Y reencontrarme... es duro. Recoger mis pedazos, protegerlos, es cada vez más difícil. Esta felicidad autoimpuesta que me permite llegar a todo el mundo... me ahoga. Porque si los ojos son el espejo del alma, la sonrisa es su fachada. Porque la gente busca felicidad a cualquier precio. Y mejor una falsa felicidad que nada.

Y mientras todo el mundo parece seguir hacia delante, yo me he parado. Y no hay nadie para tenderme una mano. No hay nadie capaz de mirarme a los ojos y pedir que vuelva a sonreír.

Mi trabajo consiste en ser un mosquito molesto, pasando por delante de cualquiera esperando que, con suerte, alguien decida dejarme vivir un poco más.

Pero, al final, ¿qué queda? Al final, quedo yo.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Soledad multitudinaria

Sí, si yo lo entiendo. Es complicado darse cuenta, pero ahora no hay marcha atrás. Estoy lejos, muy lejos de mi casa, y no existe un lugar. Ese lugar. Mi lugar. No levanto la mirada esperando buscar caras conocidas, la levanto esperando no encontrar caras. Aunque, bueno... no, en realidad no la levanto. De mis labios sale poco más que un eco reverberante, una lacia sonrisa y ni una brizna de brisa. Un muerto en vida.

Y esos sentimientos. Esos sentimientos. Camina, no mires, pasa, sigue, acelera, vista al frente, ya no te ven... respira. Respira. Respira. "Hoy será el día". No. No lo será. Cien caras. Doscientos ojos. Todos juntos, es... imposible. Como tratar de escalar una montaña con las manos desnudas. Imposible.

Hablan. Dicen algo. Una fugaz mirada, una risotada y una complicidad ajena. Sabes que es por ti. Pero no lo sabes. Ni lo sabrás. Crees en ello porque no hay alternativa. Mírame, soy pusilánime, frágil, una mierda. Y aún así, con demasiado ego para no ser yo. Sí, soy yo. Hablan de mí. Todos. Me juzgan. Me miran. Me critican. Soy peor que cada uno de ellos, y lo saben. Soy una farsa. Soy horrible. No puedo. No puedo, no puedo, no puedo.

Y allí está. Una mano tendida, una sonrisa amable, una mirada cándida. Uno a uno. Esa es la estrategia. Uno a uno. El tiempo será eterno, pero más profundo llega mi mente. ¿Por qué? ¿Por qué yo?

Solo. Quiero estar solo. No quiero estar solo. Estoy solo. Otra vez. Solo.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Reflexiones de una vida vacía

Mira cómo caen las hojas de los árboles. Esas hojas rojas, marrones, amarillas. Despojos marchitos de lo que tiempo atrás fueron, de lo que pudieron haber sido. La naturaleza es así: macabra, ruin, tirana. Uno no puede evitar sentir pena de lo que sucede. Y aunque sea algo inevitable, los sentimientos siguen ahí, recordándole a uno el final que le aguarda a todos por igual, ya sea un hombre, una mujer o, simplemente, una triste e inofensiva hoja colgando de la rama de un cedro. Todo ello muy descorazonador... pero llego tarde.

Aparto la vista de la ventana y me pongo a recoger los apuntes esparcidos por el escritorio. El examen es en menos de media hora; no sé si podré llegar a tiempo. Desayuno lo primero que encuentro, lo que acostumbro a desayunar cada mañana: un vaso de leche y un par de galletas mal masticadas. Con el estómago aún protestando, voy directo al baño, a lavarme la cara, a cepillarme los dientes, a peinarme... Levanto la vista y lo veo. Unos ojos color café, enrojecidos y adormilados. Y más allá, una profunda mirada de cansancio, traída desde lo más recóndito del alma de un pobre pusilánime que no aspira más allá de lo que cree poder conseguir. Una mirada que invade tu ser, que te intenta decir algo. Esa mirada, tan típica de mi otro yo del espejo, siempre me atrapa, siempre consigue absorberme. Asquerosa mirada. Cómo te odio. ¡Llego tarde!

Corro por entre los viandantes, esquivando mochilas, carteras y bolsos, aquí y allá, personas sin rostro, libros cerrados que nunca leeré. Maldita sea, debería estar repasando para el examen, no reflexionando sobre la vida de otros. ¿Qué me pasa? Cruzo en rojo, esquivo una moto de milagro, me recoloco las asideras de mi mochila sobre mis hombros, sigo la estela de otros estudiantes. Allí está Jorge, allí Damián, allí Lucía, allí... bueno, mucha más gente. ¿Qué más da? Saludo rápido al conserje, los escalones de dos en dos, demasiada gente en el pasillo. La puerta, allí está, por fin, ya llego, el examen, deprisa, me quedo sin aire.

Fuera se está levantando un gran vendaval. No tiene pinta de que vaya a llover, pero el cielo está nublado a más no poder. Pobres ilusos, allí abajo, ataviados con sus gabardinas y sus fulares, intentando en vano combatir el viento mientras van de bocanada en bocanada de aire, implorando un par de minutos más de su insulsa vida. Y mientras tanto, yo estoy aquí, sentado, calentito, paladeando todo el tiempo del que dispongo para terminar el examen, disfrutando de la relajación que supone el poder malgastar algo de tiempo. Horas y horas estudiando día y noche, desde hace semanas, ¿para qué? Un examen en el que sacaré la mejor nota. Otra vez. Como siempre. ¿Para qué? La mejor nota, de nuevo. Ha perdido todo su significado. ¿Para qué? Maldito yo, deja de pensar en esas cosas, me voy a acabar poniendo malo. Piensa en otras cosas. Otras cosas, otras cosas... Ahí está... ¿cómo se llamaba? ¿Laura? Bueno, la que siempre saca malas notas; las peores, a decir verdad. Siempre anda con ojos enrojecidos y adormilados, acompañados de una profunda mirada de cansancio. Si no ha sido una fiesta en alguna discoteca, ha sido un polvo con su noviete, y si no, alguna borrachera con sus amigas. Siempre de aquí a allá, eludiendo responsabilidades. Qué vergüenza. Espero que lo haya disfrutado, pues lo que es el examen, una vez más, pasará sin pena ni gloria a engrosar la lista de cosas que está tirando a la basura. La verdad, me siento orgulloso de mí mismo. Mi lista de cosas que estoy tirando a la basura está vacía, y así seguirá mucho tiempo. Tengo muchos años por delante, puedo esperar para salir con amigos, para tener novia, para perder el tiempo en chorradas.

Otra hoja ha caído. El examen ha ido bien, y ya me puedo olvidar de él. Ahora mi cabeza está habitada por absurdas ideas que me embargan desde esta mañana. Qué rabia. Mi cerebro parece dispuesto a mantenerse pensando esas tonterías todo el día. Tengo cosas que hacer, ¿sabes?

Otra hoja más. Cómo pasa el tiempo.

¿Qué más me da a mí? Tengo tiempo de sobra. Toda la tarde para comenzar a preparar el próximo examen, dos semanas por delante para estudiármelo a fondo y un par de horas más para hacerlo. Y luego otra vez. Y otra. Y otra.

Mira cómo caen las hojas. El aire las mece en su caída, acompañándolas mientras danzan, alegres por desprenderse de las ataduras que las han mantenido cautivas todo el verano. En el suelo se arremolinan, van de aquí a allá, juegan entre ellas. Es un espectáculo digno de admirar, hecho para ser visto. El otoño es una metáfora. Una metáfora de que todo acaba y vuelve a empezar. Se va una época, entra otra. Igual que las hojas que caen. Una vez. Una tras otra. Y de nuevo. Y otra. Y otra. Y otra. Todas igual que la anterior.

¿Por qué no cambiar?

miércoles, 4 de noviembre de 2015

La ciudad frígida

Esos garabatos... ¿Qué querrán decir? Toda la ciudad se rodea de un halo de misterio, como si fuera consciente de que hay alguien intentando desentrañar sus misterios y no se dejara. La verdad, no sé exactamente cuánto más podré aguantar vivo, pero debo encontrar una solución a todo esto. El artefacto sigue emitiendo tenues destellos de luz, y los edificios siguen erigiéndose en lo alto del horizonte. ¿Qué misterio aguarda esta ciudad abandonada? ¿Y por qué trato de averiguarlo? Es evidente que soy el único interesado en que esta empresa salga adelante. Es evidente que soy el único que quiere desentrañar lo que sea que esté ocultando la ciudad. Ella no se deja. Ella no quiere. Esto no es más que un uno contra uno, un pulso entre ambos. Y ella tiene las de ganar. Me quedaré aquí atrapado, durante vete tú a saber cuánto...

No. Ella no me vencerá. Lograré averiguar qué me está ocultando, y por qué. Y una vez hecho eso, podré descansar en paz.

domingo, 9 de marzo de 2014

Día de la mujer trabajadora

Hola. Me llamo Elisabeth, y soy el prototipo de mujer trabajadora que todos esperan que sea. Este 8 de marzo he visto por las noticias muchas manifestaciones de mujeres luchando por sus derechos. ¿Irónico, no? Es decir, yo no me meto en la vida de los demás, pero creo que resulta innecesario luchar por algo que ya hemos conseguido. O sea, la historia no nos ha favorecido mucho, es verdad, pero hemos llegado un punto en el que todo esto ha cambiado. Muchos dicen que somos marionetas de los hombres, pero yo no lo veo así. Somos la columna vertebral de la sociedad, sin nosotras los hombres de todo el mundo no podrían haber conseguido lo que han conseguido. Podría decirse incluso que nuestro apoyo ha sido completamente necesario para el transcurso de la historia. Hombres y mujeres formamos una simbiosis casi perfecta, cada uno tiene su papel y gracias a ello estamos donde estamos. ¿O acaso podría un científico investigar y descubrir el universo si tuviese que preocuparse de cosas tan banales como hacer la compra de la semana o cuidar a sus hijos? Yo creo que no.

Mi marido lleva años trabajando en el sector de la construcción. Se pasa muchas horas al día trabajando, y cuando llega a casa es normal que solo quiera descansar y relajarse. Ahí es cuando entro yo, procurando que su estancia en casa sea lo más agradable posible, así él puede ir a trabajar al día siguiente a gusto y traer más dinero a casa. Ambos tenemos nuestro papel, e intercambiarlos sería una locura. Yo no podría cargar sacos de cemento como lo hace él, no tengo tanta fuerza. Es absurdo.

Todas esas mujeres que salen por la tele, exigiendo puestos de trabajo y una mayor participación laboral... ¿No se dan cuenta? Es del todo innecesario, yo prefiero mil veces no tener que preocuparme de ir a trabajar y poder quedarme en casa, limpiando y cocinando, tan tranquila. La sociedad está montada así, y las mujeres salen ganando. Somos el brazo que eleva a los hombres donde están, sin nosotras la sociedad no podría avanzar. Y a todos esos que dicen que hablo sin saber, debo decir que de joven ya tuve mi época de trabajar de recepcionista en un hotel, y es algo que no volvería  a hacer nunca más.

Menos mal que encontré un buen marido que me aleja de las preocupaciones del mundo laboral, alguien con el que confiar, alguien que me mantiene. Nunca había estado tan en deuda con alguien. Lo mínimo que puedo hacer es obedecerle y hacer lo que me pida. ¿Que mi marido ha tenido un día duro? Ahí estoy yo para prepararle una buena comida, o para servirle una buena cerveza. Él gana el dinero, así que él es el que manda.

Mujeres del mundo, aceptemos de una vez nuestro rol, no nos dejemos engañar por todas esas luces de la sociedad moderna. No necesitamos tener el control de la sociedad, pues tenemos el control de los hombres. Aunque bueno, esta es solo mi opinión...


Dedicado a todas aquellas mujeres que se conforman con vivir en la sombra del poder. Su opinión es tan válida como otra cualquiera, así que dejemos que sueñen con su libertad, siempre y cuando las cadenas les dejen dormir.

domingo, 10 de febrero de 2013

Colgante maldito

     En todas las largas travesías en las que me he embarcado han sucedido cosas increíbles, sucesos totalmente inverosímiles que no se creería ni el más fantasioso lobo de mar. No obstante, lo que ha sucedido esta vez es incluso más irreal, hasta el punto que ni yo sé exactamente lo que ha sucedido; y no estoy hablando de ninguna monstruosidad marina ni de una abominación de la naturaleza, no; de hecho, asombra la repercusión que ha tenido en mí algo tan pequeño, tan insignificante. Es ese maldito colgante, tan hermoso como peligroso, con una forma extraña, como una gota de lluvia, o quizás una lágrima petrificada. Lo encontré entre los restos de la última escaramuza, en el frío cuello de una niña, una hermosa e inerte niña. No sé qué me impulsó a hacerlo, pero el hecho es que lo cogí, y por ello estoy en este tremendo embrollo. He dejado mi navío con toda la tripulación a la deriva, a merced de nuestro Señor, y he huido como una asquerosa rata, no sin antes inutilizar el timón de mi hermoso barco. Sólo me ha dado tiempo a coger el cuaderno de bitácora y el colgante, antes de apresurarme a surcar los siete mares en tan cochambroso bote con la única compañía de mi soledad y unos remordimientos insufribles. Un pirata curtido como yo no habría hecho tal temeridad, pero el artefacto me nubla el cerebro y no me deja pensar. Lo único sensato que he podido hacer es lanzar el terrorífico abalorio al mar, esperando que éste lo engulla y lo haga desaparecer para siempre. Ahora sólo queda esperar, esperar una devastadora tormenta que deshaga mi modesta embarcación en mil trozos y me envíe a las profundidades del océano, donde merezco estar. Sólo espero que este cuaderno llegue a manos de otro, es necesario que todo el mundo conozca el peligro de tan detestable artefacto, ese colgante... colgante maldito.

miércoles, 30 de enero de 2013

Inspiración mañanera

     El dulce aroma del café recién hecho embriaga mis sentidos, evocándome recuerdos de mi infancia, de cuando mis padres se reunían con sus amigos en casa mientras alimentaba mi mente con la palabra escrita. El leve murmullo de las anécdotas de estudiantes se mezcla con las risotadas y las vivas voces del profesorado, en una ágil danza de sonidos, acompañados de los ruidos característicos de una cafetería de instituto. Protegidos por un manto de calor humano se vislumbra la gélida brisa de enero, creadora de una poderosa orgía entre las verdes hojas de los árboles que aún las mantienen. Con mano firme agarro uno de los bolígrafos que hay dispersos por la vasta y fría mesa, cediéndole parte de la moderada temperatura que proporciona mi mano, mientras con la otra acaricio suavemente el rugoso papel. Cierro los ojos mientras acerco el utensilio de escritura a mis labios, rozándolos y poniendo en contacto el liso y pulido plástico con mis comisuras. Aguardo unos instantes, viendo pasar una ráfaga de ideas por mi mente y, oteando el horizonte del pensamiento, intento discernir alguna, sin éxito. Aún con la mente en blanco, acerco la punta impregnada de tinta a la hoja blanca como la nieve, y con un leve contacto inicio el relajante movimiento de la escritura, trazando finas líneas y engendrando limpias y pulidas letras mientras la inspiración borbotea en mi interior y mi cabeza rezuma las palabras, lenta pero constantemente.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Adiós, Luís Martín

El siguiente texto no son más que unas pocas líneas a modo de despedida hacia un profesor que se ha jubilado recientemente en mi instituto (y hacia el que tenía un gran respeto y admiración). 


     A lo largo de todos estos años como estudiantes hemos tenido muchos profesores, algunos mejores que otros, pero está claro que sólo unos pocos permanecerán en nuestra memoria. Un profesor no es sólo aquél que instruye en una materia, también pone a nuestra disposición su experiencia y sus conocimientos para formarnos como personas y poder así hacer frente a lo que nos depare el futuro. La física no es una asignatura fácil, ni tampoco algo que entienda todo el mundo, pero personas como tú la hacen más sencilla y cercana, con tu pasión, tu vocación y, en definitiva, tus ganas de hacernos ser mejores tanto en los estudios como en la vida real: nuestra futura vida real. Sabemos que educarnos puede resultar frustrante y algo agotador, pero con tu empeño, casi nunca suficientemente valorado, y tu interés en formarnos, que a veces no sabemos ver, has hecho de nosotros grandes personas. Han sido muchos años de esfuerzos y trabajo duro, que aunque no han sido en vano, seguro que acaban cansando. No hemos sido los primeros, pero sí los últimos, y está en nuestras manos que te vayas con la satisfacción de que no has perdido el tiempo y nos has enseñado más de lo que nadie se puede llegar a imaginar. Es hora de que disfrutes muchos años más de una vida plena haciendo lo que te guste, quizás aprendiendo cosas nuevas, quizás relajándote y dejándote llevar, pero ten por seguro que siempre permanecerás con nosotros, vayamos donde vayamos y hagamos lo que hagamos. Permítenos ofrecerte un pequeño obsequio por tu gran labor, que aunque no podamos compensarte como te mereces, nos gustaría dejarte con un buen sabor de boca.

jueves, 30 de agosto de 2012

La solución

     El mejor momento del día es cuando te duermes. Da igual que alguien diga lo contrario, es la verdad, y punto. Todo el día haciendo cosas y pensando, eso no es natural. Todo tiende al reposo, es la naturaleza quien lo dice, no yo. Y si alguien se atreve a contradecirme, es que es antinatural. Como un vampiro o un dios. Ir contra natura sólo tiene un resultado: ser devorado por la naturaleza. Bueno, que me pierdo, a lo que iba. Estaba yo cavilando en mis cosas cuando me vino a la mente esa idea, la de que todo tiende al reposo. Por ende, todos los animales están mejor cuanto menos esfuerzo realicen. Se podría decir que la cantidad de energía gastada es inversamente proporcional al placer, tanto físico como mental. Cosa lógica es pensar que el mayor estado de reposo, y en el que mejor se está es cuando nos dormimos. Sí, eso sería lógico, y es la conclusión a la que llegué, pero no por mucho tiempo. Seguí dándole vueltas a la cabeza, disminuyendo con ello mi comodidad más inmediata como animal, y encontré otra conclusión más razonable: dormir no es el estado de mayor reposo, hay un estado en el que se está más en reposo aún. Para los que no me sigan, mejor voy a decirlo: la muerte. Sí, como suena, la muerte significa reposo total y absoluto, sin interrupciones e indefinidamente. Siguiendo la regla natural antes expuesta, se podría decir que lo que más placer inmediato da es morir, y no dormir como todos creíamos hasta ahora.

     Vale, puede sonar un poco raro, pero será mejor analizarlo antes de llegar a un veredicto. ¿Acaso alguien se ha quejado? ¿Alguien se ha despertado de su muerte gritando y vociferando , fruto de algo terrorífico? No, nadie se despierta una vez ha muerto, y os voy a decir el porqué. Cuando estamos haciendo algo que odiamos, rápidamente buscamos alguna excusa para dejar de hacerlo. ¿Quién no estaba de pequeño en clase distrayéndose a cada mosca que pasaba? ¿Quién no se ha dormido en la oficina mientras hacía los balances anuales? ¿Quién no ha dicho que le duele la cabeza antes que practicar sexo con un inexperto/impotente/torpe? Como se suele decir, el que esté libre de pecados que tire la primera piedra. Bien, y como suele pasar, si los factores son antagónicos a los originales, los productos también serán contrarios. Por eso no podemos dejar de hacer las cosas que más nos gustan, por absurdas que sean. Esto es así, es como una regla matemática, indiscutible. Y casualmente lo que más nos apetece a todos después de un duro día es dormir en un sitio cómodo, fresco y, a poder ser, libres de preocupaciones. Bien que hay etapas de la vida en que no quieres irte a la cama, o quizás sí, pero no a dormir. Pero tarde o temprano nos damos cuenta de que algo que hacemos diariamente más de la mitad de nuestro tiempo debe ser lo mejor del mundo. Y la muerte está un nivel por encima, así que morir es más placentero que dormir.

     No nos confundamos, no estoy hablando del hecho de morir, aunque lingüísticamente pueda parecer que sí, estoy hablando del hecho de estar muerto. A nadie le gusta morir; es engorroso, pesado y a veces doloroso. Ahí estamos todos de acuerdo, el proceso que nos lleva de un estado a otro es horriblemente decepcionante en comparación a lo que queremos conseguir. Pero, os invito a reflexionar otro punto más: ¿no nos despertamos cada día? ¿levantarse de la cama para ponerse a hacer algo productivo no es lo peor de todo? Y aún así lo hacemos cada día. ¿Por qué? La respuesta es muy sencilla: para poder llevar a cabo el placentero proceso de irnos a dormir, necesitamos estar despiertos. Y para estar despiertos, necesitamos levantarnos de la cama o del sofá. Así pues, queda claro que cada día hacemos algo que no nos gusta para nada porque es necesario para volver a nuestro estado predilecto de reposo. Así pues, no veo ninguna exageración el aguantarse para morir y luego ya estar muerto todo lo que queda de eternidad. Pero no nos paremos aquí, sigamos indagando en este turbio asunto.

     Si algo de lo que hacemos molesta a otra persona, lo lógico es pensar por el prójimo y contribuir a que él aumente su placer inmediato reduciendo nosotros el nuestro (típico ejemplo del vecino joven con la música alta y el anciano con sueño). Ser buena persona significa, entre otras cosas, ayudar al resto, entendiendo esto como mejorar la calidad de vida de todos entre todos. Así pues, se podría resolver la siguiente ecuación natural: estar muerto es el mayor placer de todos; la convivencia se basa en intentar mantener un nivel equilibrado de placer entre todos, tendiendo a la alza; como animales gregarios que somos, contribuir a la buena calidad de vida de todos es una obligación; lo mejor de alcanzar un estado de placer es la diferencia que hay entre éste y el anterior, siempre y cuando sea un resultado positivo. Con todos estos factores tan claros y diferenciados es fácil atar cabos, al menos para mí. La mejor forma de mejorar la convivencia entre humanos es matarlos a todos. Matar a una persona crearía un vacío extremadamente incómodo en su entorno, entre dolor emocional por parte de sus allegados, falta de gente que ayude a levantar el país y otras cosas. Así que mi propuesta para crear un mundo mejor empieza y concluye con un gesto muy sencillo y rápido: el exterminio de la raza humana. Desde un punto de vista antropológico puede parecer una temeridad, pero si lo miramos con la perspectiva de la naturaleza, se puede comprobar que es la única forma de solucionar nuestros problemas. Como dice el refrán, muerto el perro se acabó la rabia.