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lunes, 13 de noviembre de 2017

Rocas nubosas

Como ver un océano. Un océano muerto, vacío, turbio, corrupto, negro, apagado. Pero un océano, al fin y al cabo. Una basta extensión de bruma sirve las veces de alfombra, bajo la que esa podredumbre se esconde del oteo y el sondeo. Un horizonte, más allá del cual se esconde aquello que jamás será descubierto. Denso y etéreo al mismo tiempo, una seda de acero peinando un relieve invisible. Y ríos como tentáculos de niebla, desplazando esa masa húmeda de una forma coreografiada, como si fuera un espectáculo ensayado tiempo atrás. Fuerza y debilidad en el movimiento, una mecánica orgánica y rocosa. Contemplar ese fenómeno es como mirar directamente al abismo.

Y esos colmillos afilados que escarpan de la putrefacción y se alzan, rebeldes, ante las caricias del humo blanco, connotando unas atalayas ciegas que sirven poco más que meros abalorios ante tal terrible visión. Un capricho de la naturaleza que contrasta con todo lo demás, con esa planície infinita la rebeldía del fondo abisal se palpa como la realidad, aquello bajo lo único que podemos hacer es admirar.

La bóveda que arropa esa irregular visión, azabache y profunda, mantiene fijados todos los elementos al lienzo multidimensional que forman un garbo tal como infinito es el espacio. Un recordatorio constante de la pequeñez, de la insignificancia que supone toda la obra. El mar infinito, los brotes naturales de la roca... y nosotros. Es complejidad aquello que nos llega, mas simpleza es aquello que vemos. Una uniformidad injusta que se atribuye a un escenario para nada uniforme. Una danza constante y arbitraria, que pone en movimiento la calma absoluta. Es... como ver un océano. Un océano muerto, vacío, turbio, corrupto, negro, apagado. Pero un océano, al fin y al cabo. Un océano pleno.



sábado, 25 de febrero de 2017

La sala de estar de Luxio

El fulgor dorado atravesaba la estancia desde las ventanas, proyectando la sombra de los cuarterones en el suelo y sobre el mobiliario. Las cortinas de carmín reposaban inertemente, dejando que la gravedad condicionase su posición sin que brisa alguna las importunase. El terciopelo rojo del sofá resplandecía como el primer día, dejando que las molduras de madera dorada limitasen el perfil de remaches de igual color que mantenían la tela en su posición inmutable. La mesa redonda con una pata centrada albergaba en su cúspide plana algunos escritos, amén de un jarro de flores de vívidos colores y un plato con pastas. Era, no cabe duda, una imagen realmente tranquilizadora.

La alfombra del suelo otorgaba a la estancia cierto nivel, dotándola de ese aura acogedora y que invitaba al reposo. En el ambiente, una cortina homogénea de polen sintético que reflejaba los colores áureos del resplandor exterior, ofreciendo un filtro cálido al conjunto de la habitación. La pared del fondo no era más que un infranqueable muro de libros, descansando sobre muchas repisas y enseñando sus lomos de cuero, algunos más relucientes, otros más desgastados.


La madera de las paredes estaba perfectamente cuidada, con un color oscuro que realzaba lo acogedor del conjunto. La tetera respiraba humeante sobre una mesita auxiliar, situada entre el sofá y el sillón, reteniendo en la medida de lo posible el calor de su contenido. Las tazas de porcelana fina, a juego con la tetera, y adornadas con acabados de oro, se encontraban en la balda inferior de la mesita, junto a las cucharillas de metal y el azucarero.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

El árbol

     La brisa acariciaba dulce y plácidamente las briznas de hierba de la colina verde. En lo más alto, en la cima, encabezando el montículo en mitad del prado había un árbol, un elegante y adusto árbol, haciendo las veces de atalaya y oteando el basto horizonte. Los rayos luminiscentes del sol chocaban contra todas y cada una de las hojas de este árbol, rezumantes de fresca fragancia y anhelantes de volar libres con los pájaros, surcando el cielo azul, salpicado de esponjosas y nevadas nubes. Proyectaba en el suelo una sombra, una agradable sombra, un oasis de somnolencia rodeado de la claridad de los despejados cielos. Esa sombra servía de alfombra a las frágiles y temblorosas flores, tan radiantes y coloridas como el arco iris cruzando los vientos, impasible pero flexible. Algunos tímidos roedores se atrevían a retozar colindantes al tosco tronco, entre los aromas de la madera musgosa y la hierba fresca, si preocuparse de posibles depredadores bajo la protección que brindaba el imponente árbol.

miércoles, 4 de abril de 2012

Parajes idílicos - Prado verde

     El canto de los pájaros acaricia mis oídos mientras los escucho plácidamente, y la brisa fresca de la mañana pasa rauda por entre la hierba. El sol resplandece con fuerza en lo alto del cielo azul, calentándolo todo y dando una sensación veraniega muy agradable. Los gorriones y las golondrinas corretean por el suelo, buscando algo de comida o quizás una agradable sombra bajo la que poder reposar. El sonido del riachuelo lejano salpicando las rocas cercanas me adormece paulatinamente. Al fondo puedo observar una pequeña arboleda, proyectando una sombra en la que las ardillas y otros animales corretean y retozan sin preocupaciones, libres y felices. Paso las manos rozando la hierba, por entre mis dedos cojo una brizna y observo el verde intenso mientras mis párpados caen muy lentamente. con los ojos cerrados, mis oídos se agudizan y logro apreciar la belleza real de este lugar. El sonido de la pequeña cascada del riachuelo, el zumbido de los pequeños insectos, el sonido, a lo lejos, de un numeroso rebaño de ovejas con sus cencerros... Me sumo en un profundo sueño del que no quiero escapar nunca más.

lunes, 20 de febrero de 2012

Vicio atezado

     Mi flequillo se mecía con la fría y húmeda brisa de la noche, la misma brisa que murmuraba entre los árboles y hacía mover las hojas de las copas. Metí la mano en el bolsillo y saqué de él un pequeño paquete rojo, con letras ininteligibles aún con la luz de la luna bañándolo de pleno; sólo se podía apreciar una gran palabra en letras negras: Marlboro. La abrí cuidadosamente, procurando que el fino material del que estaba hecho no sufriera daño alguno, ya que albergaba un bien demasiado precioso para mi como para exponerlo al exterior. Una vez abierta la cajetilla, extraje cuidadosamente un cigarro con los dedos índice y pulgar, a fin que el resto permanecieran intocables, vírgenes, hasta que les llegase la hora de sucumbir. Deslizándolo muy despacio, mis oídos captaban el sonido del roce, un sonido con el que estaba muy familiarizado y que era la antesala del placer.

     Me acerqué paulatinamente la boquilla a los labios y la sujeté cuidadosamente mientras rebuscaba el mechero en mi otro bolsillo. Una vez encontrado, lo puse a la altura del extremo del cigarro y con la mano con la que no lo sujetaba protegí la frágil llama del aire, que aunque fuese imperceptible, hacía danzar con extrema facilidad el fuego. Una vez entró en contacto el blanco papel del cigarrillo con el anaranjado fuego, aspiré dulcemente y la incandescencia brillante comenzó a trepar hasta que se detuvo cuando dejé de coger aire.

     Con los dedos índice y corazón, sujeté por la fina línea que separa ambos colores y lo alejé de mi boca, dejando caer el brazo mientras el humo acariciaba primero mis dedos y luego el resto del brazo. Repetidas veces me acercaba a la boca el pequeño cilindro y, con un largo y profundo suspiro, absorbía todo el humo que manaba del pequeño filtro de algodón terroso y lo introducía en mí hasta la garganta. Luego, calmadamente y tras repasar el regusto aristoso del humo, lo expulsé con un hondo y largo suspiro que me tranquilizaba y me calmaba hasta límites insospechados.

     Después de repetir este ritual las suficientes veces llegué hasta el fin del placer, cuando el fulgor rojizo llegaba ya hasta la trabajada caligrafía de la conocida marca de tabaco, donde el gusto cambia absolutamente y comienza a percibirse el basto sabor del fuego y la ceniza en estado puro. Di la última calada profundamente, y con una sonrisa fui expulsando todo el humo que guardaba en la boca mientras lanzaba con fuerza la colilla aún encendida contra el suelo y posteriormente la pisaba con fuerza.

martes, 14 de febrero de 2012

Añoranza

El bramar del oleaje
resonando en mis oídos.
Aves de dulces sonidos
campando entre el rocaje.

Orilla murmulleante
que susurra con ternura.
Brisas trayendo frescura
sobre el espejo brillante.

Hermosos pero olvidados
recuerdos que traen consigo
sentimientos ya perdidos.

Visiones que van conmigo
en mis largos y movidos
viajes míos contigo.